sábado, 6 de agosto de 2022

Oraba, y el aspecto de su rostro cambió”

La solemnidad de la Transfiguración del Señor nace, probablemente, de la conmemoración anual de la dedicación de una basílica en honor a este misterio que se levantó en el Monte Tabor. En el siglo IX la fiesta se introdujo en Occidente y más tarde, durante los siglos XI y XII, comenzó a celebrarse también en Roma, en la basílica vaticana. Fue incorporada al Calendario romano por el Papa Calixto III (1457) en agradecimiento por la victoria de las tropas cristianas frente a los turcos en la batalla de Belgrado, el 6 de agosto de 1456.

Con Pedro, Santiago y Juan, en esta fiesta se nos invita a poner a Jesús en el centro de nuestra atención: «Éste es mi Hijo, el Amado, en quien me he complacido: escuchadle».

Celebrar la transfiguración es consolidar nuestra fe en Jesús el Hijo de Dios. La filiación divina de Jesús, es lo más profundo de la revelación y lo más específico de la fe.

Hoy meditemos la Palabra, traída del cielo, y apoyémonos en ella para que la misma luz divina, que transfiguró a Cristo, pueda nacer en nuestro corazón.